Métodos de Escape

Hoy y estos últimos días, ha hecho mucho calor. Ya se acerca el verano y con él las vacaciones, el buen tiempo, los paseos por la playa, estar despierto hasta tarde y disfrutar de todo lo que no has podido hacer durante el resto del año.

Según en qué etapa de la vida te encuentres o simplemente el tipo de persona que seas, probablemente estarás deseando que esta estación llegue (en estos momentos dejamos de guiarnos por fechas o por horas – buscamos la localización del sol, así el tiempo parece ir más despacio o más rápido) u horrorizado, esperando que pase pronto.

En cuanto a mí, es un poco de todo. Me gusta el buen tiempo, como a cualquiera. Cuanto más tiempo está el sol en el cielo, más vida se aspira en el ambiente: animales, personas… Todos ellos salen, casi peleándose por ser iluminados por algún trazo de luz solar. Y claro, el buen humor que desprenden todos ellos es contagioso. No se lo echo en cara ni me quejo. De hecho, me alegra que ocurra. Todos necesitamos algo así, momentos de descanso para nosotros mismos.

Pero, ¿qué le voy a hacer? El verano implica mosquitos y mucho calor. Con ello viene el agobio, sudar, tener cuidado con no quemarse. Al final, acabas volviendo a casa agotado y con arena en el calzado.

Qué rápido pasa el tiempo. Hace nada estaba de los nervios por comenzar una etapa nueva de mi vida como iba a ser presentarme en un lugar nuevo, con gente desconocida y demás. Pero ya estoy aquí, con tan solo un trabajo por entregar para poder finalizar el curso. Y parece que no, pero esos nervios del principio han tenido sus altibajos, como muchas cosas en las vidas de todos: hay veces que te despiertas con humor y con ánimos, mientras que hay otras que te resulta difícil levantarte de la cama (o encontrar una razón para hacerlo). Quiero hablar precisamente sobre esa clase de cosas. Esos pequeños nervios y momentos negativos que se acumulan dentro de ti y no sabes cómo ni cuándo saldrán, pero de alguna manera lo acaban haciendo.

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“Esos pequeños nervios y momentos negativos que se acumulan dentro de ti…”

Ya he hablado antes sobre la ansiedad, pero lo he tratado como algo más general para poder centrarme en ello en este post. Porque todo el mundo menciona la “ansiedad”, pero temo que hay quienes lo confunden con “nervios” o “estrés”.

Por supuesto, creo que vaya a ser nada revolucionario escribir mis experiencias y las de otras personas que han compartido las suyas conmigo (a quienes, de nuevo, les doy las gracias por colaborar en esto) y, ¿quién sabe? Igual son cosas que ya habéis escuchado y os ha abierto los ojos. O también puede ser que lo hayáis escuchado pero sentís que no va con vosotros. Lo primero que haré será poneros en situación:

A lo largo de estos últimos meses he hecho alguna que otra encuesta en Twitter que recibieron más atención de la que pensaba. En una de ellas, preguntaba por el nivel de importancia que le daban los que la veían a la ansiedad. Recibió 187 votos (no es mucho, pero entended que tampoco soy capaz de darme a conocer mucho. De todas formas, para mí es más de lo que imaginaba).

Entre ellos, el 52% de los votantes respondieron que le afectaba muchísimo el problema en sí, ya fuera porque lo sufren o por su opinión sobre ella en general.

El 36% consideran que la ansiedad es simplemente molesta. Mientras, el 10% ni le va ni le viene y el 2% restante lo considera una chorrada.

En otra de las encuestas, de 204 votos, preguntaba si alguna vez habían sufrido un ataque de ansiedad. El 73% respondió que sí y el 27% restante dijo que no.

Tras darte estos datos, me gustaría contarte lo que significa para mí la ansiedad y cómo me siento cada vez que tengo un “ataque” de este tipo.

Estoy segura de que alguna vez has tenido una de esas noches en las que te acuestas en la cama y en vez de dormir, te vienen esos pensamientos negativos o recuerdos que ni una buena taza de leche caliente o una ducha puede evitar. Al final, no recuerdas en qué momento te duermes porque estás demasiado ocupado llorando y gastando pañuelos.

Si nunca te ha pasado, vaya suerte que tienes.

Bien, ahora piensa en un momento de tu vida en el que hayas sentido verdadera angustia o miedo. Estás en un avión con semejantes turbulencias que se salen las máscaras de aire de su sitio, te enteras por las noticias que en el edificio de enfrente hubo una alerta de bomba, no sé. Un momento en el que de verdad pensabas que ibas a morir o que temías por tu vida.

Siento hacerte pasar por este mal trago, pero no se me ocurre una manera mejor para explicártelo.

Ahora, junta esas dos situaciones. Pasas de estar preocupado por algo tan normal como pueden ser los exámenes a sentir que te falta el aire, acompañado por temblores, sudor y tantas emociones negativas que no sabes cómo reaccionar. Sólo puedes llorar y esperar a que pase, pues por mucho que te digas “no es nada” o “tiene solución”, la ansiedad se apodera de ti y tú, como controlador de tu mente y emociones, te encuentras en segundo plano. Solo deseas que se acabe pronto y a veces, la única manera de que acabe es asumir lo peor y quedarte mirando al techo hasta que por fin puedes cerrar los ojos por puro agotamiento.

Esto viene a ser un ataque de ansiedad en mi vida. Normalmente, en mi caso, se da antes de dormir, por eso digo lo de mirar al techo, etc. Sin embargo, puede pasar en cualquier momento y lugar. De repente. Es como si un ente ajeno a ti chasqueara los dedos y con ello pudiera hacerte cambiar de estar bien a terriblemente mal en cuestión de segundos.

Sufrir esto con una determinada frecuencia implica una serie de consecuencias –para nada positivas- en el día a día de quienes nos encontramos en esta clase de situaciones. Incapaces de aguantar algo como eso día tras día, “buscamos” un método de escape para evitar momentos como esos. Tampoco diría que lo buscamos. Sin querer, nuestro cuerpo desarrolla ese método y en prácticamente todas las situaciones, recurrimos a él sin darnos cuenta. En esto consisten los trastornos de ansiedad: maneras que nuestro cuerpo tiene de evitar un mal mayor que acaban volviéndose rutinarias y, en casi todas las veces, acaba pareciendo peor que la propia ansiedad, pero en realidad está todo ligado.

Así, los nervios que antes demostrábamos en los exámenes con agitar un lápiz pueden volverse morderse los labios o las uñas, rascarse, golpearse, arrancarse pelo, y un largo etc. Parece algo leve. Es decir, por ejemplo, morderse las uñas es algo muy común. Pero llega un momento en el que la uña no es suficiente y quien sufre ansiedad acaba mordiéndose la piel de alrededor de la uña o cosas peores. No es algo tan sencillo como se cree, y eso es lo que quiero hacer ver con todo esto que estoy diciendo.

La última encuesta que hice por twitter no recibió muchos votos. A la pregunta “¿Tienes algún trastorno de ansiedad?” un 46% respondió que sí y un 54% que no, lo cual me alegra, dado que no ha tenido una respuesta absoluta de “sí”. A la vez, me ha sorprendido, pues mucha gente se ha animado a contarme sus experiencias con los trastornos, cosa que esperaba de una o dos personas, pero no más.

A continuación, pondré lo que me dijo cada una de esas personas, para que os hagáis una idea de que es un problema más común de lo que se cree y aun así no tiene ningún “remedio” específico. Les pregunté su historia con el trastorno, cómo se dieron cuenta de que lo tuvieron, cómo se sintieron/sienten cuando lo sufren y consejos para poder ayudar a quien le pase también.

Normalmente, cuando se habla de ansiedad y los nervios se relaciona con dolores de cabeza, úlceras o tics nerviosos, pero hay formas más agresivas que pueden llegar a dejarte prácticamente sin vida.

En mi caso, llegó en forma de picor (dermatitis atópica).

-“Oh, ¿picor? ¿Sólo eso? Pues no te rasques.”

Sí, ya, no lo había probado.

Me puse tiritas en los dedos, me corté las uñas hasta hacerme daño, me puse guantes, me até las muñecas… Pero nada funcionaba, simplemente era más fuerte que yo, el placer que sentía rascándome unos segundos como si no hubiera mañana valía la pena… Hasta que me daba cuenta de que sí había mañana y que me lo pasaría vendada por las heridas que me causaba.

Todo por los nervios, ya que todo esto había empezado de la nada, nunca antes había tenido problemas así… ¿por qué me pasaba ahora? Y es que no podemos controlar nuestro entorno, y aunque no nos guste admitirlo, en realidad el entorno nos controla a nosotros.

Me ha costado cuatro largos años aprender a controlar el estrés para que no me afecte físicamente, para no rascarme hasta dejarme sin epidermis, para poder usar ropa sin mancharla de sangre, para poder salir a la calle sin taparme media cara…

La medicación ayuda, ya que sin un tratamiento adecuado es muy difícil (si no imposible) mejorar, pero si no aprendes a controlar tus nervios, lo acabas pasando mal, tú o los de tu entorno.

Al final te das cuenta de que desahogarte ayuda muchísimo, es difícil encontrar la forma, pero es importante pensar en qué problemas tienen solución, cuáles no y cuáles son verdaderamente importantes, al fin y al cabo hay cosas que no podemos cambiar”.

  • @Redstar-sama

 

Saber que tenía un problema lo he sabido desde pequeña, lo que no sabía era que ese problema tenía nombre y había más gente como yo que estaba hasta peor. Tengo tricotilomanía desde los 7 años o así, y por lo poco que recuerdo puedo sacar que lo medio dejé sobre los 15 años o así. Pero con “medio dejé” quiero decir que ya tenía pelo en cejas y pestañas, pero de vez en cuando volvía a hacerme una pequeña calva en la ceja por la que mi madre me llamaba la atención.  

Entre finales de la ESO y en todo bachillerato no recuerdo tener problemas con eso. Volví a la carga con la tricotilomanía cuando no pude entrar en la carrera que quería, y ese verano a la espera de poder estudiar algo empecé a tener que maquillarme las cejas porque volvía a tener zonas sin pelitos. Creo que fue ahí cuando me dio por buscar en internet qué tenía, y la verdad, creo que fue lo peor que pude hacer, meterme en foros a mirar. Agradecí ponerle nombre a mi problema tiempo después cuando ya tuve que pedirle a mi madre ir al psiocólogo por esto y varias cosas más, porque me ayudó a explicarme y a no sentirme tan avergonzada por ello. Sin embargo leí algo que me hizo empeorar mi problema. Leí a una chica contando que también se quitaba pelo de la cabeza, porque algunos de esos cabellos eran más gruesos que otros y los relacionaba con algo “malo” que tenía que arrancar. En ese momento miré mi propio pelo y me fijé que me pasaba igual, que algunos pelitos me daban una sensación diferente, y de alguna forma empecé a extender la tricotilomanía a la cabeza.

Es estúpido, totalmente, lo sé, pero estaba pasando por un momento muy agobiante en mi vida donde todo me salía del revés y donde tirarme del pelo de la cabeza era más reconfortante que de las cejas o pestañas. No tener 20 pelitos en las cejas o pestañas se notaba mucho menos que 20 pelitos en la cabeza, ¿no? Pues al principio sí, pero es que resulta que no sólo me lo arrancaba, sino que también me lo llevaba a la boca y lo mordía; esto hizo que al cabo de los meses de estar a ello, tuviese varios mechones de pelo cortos (hasta la altura de la boca) mientras que el resto del pelo me llegaba por la cintura.

Vamos, que me había hecho capas a mí misma.

Como un año después de que empezara con la cabeza, no recuerdo muy bien las fechas, fue que empecé a ir al psicólogo, sabiendo que era la ansiedad el problema principal que hacía que yo y mil personas más con tricotilomanía cayesen en la trampa. Arrancarme pelo era mi pelotita antiestrés.

Entre consejos y consejos pude mejorar, pero a día de hoy sigo con ello. Hay días en los que me arranco un montón y me siento mal por ello -sin embargo no puedo parar, como si estuviese en un estado de trance-, y luego hay una semana donde no me arranco nada. Todo depende del nivel de estrés que tenga encima.

El principal consejo que puedo dar a quien tenga tricotilomanía es: reduce tu ansiedad. Conócete a ti mismo/a y busca la raíz de tus problemas para ir resolviéndolos poco a poco. Sé consciente de qué te ocurre y por qué. Yo le comenté a una de mis psicólogas que cuando más me pasaba esto era antes de dormir, cuando le daba vueltas a lo que estaba pasando en mi vida en ese momento y me agobiada, así que me recomendó dormir con guantes para no poder arrancarme nada. ¿Problema? Me dio tal consejo en verano. En Sevilla. Uf.

Otro consejo de la otra psicóloga que más me trató fue que me pusiera las pelucas de los cosplays para estar por casa y así o arrancarme de la cabeza. Y lo cierto es que funcionó muy bien, aunque claro, es un tostón estar con eso en la cabeza todo el día.

En resumen, lo que se me recomendó fue poner barreras físicas a mis manos para que no me arrancara nada, pero fuera de eso se me dijo que probara a hacer yoda, deporte o algo por el estilo con lo que liberar estrés. Lamento no poder dar una solución clara para esto, porque créeme que si la tuviera la aplicaría y no tendría que estar hablando de esto. Es cuestión de fuerza de voluntad, de conocerte y detectar qué causas te llevan a ello. Yo aplico de todo un poco, (aunque quizás debería probar lo del deporte). Creo que ahora mismo el encontrar a más gente con tricotilomanía e ir contándonos nuestros trucos puede ser lo mejor, el no tomar esto como algo tan raro, no avergonzarnos de tener un trastorno. Al final todo se reduce a evitar guardarnos las cosas e expulsar lo que sentimos. Es como si cada vez que la vida nos lanza piedras, en vez de lanzarlas de vuelta nos encogiésemos de hombros, las cogiésemos y metiésemos en un saco que poco a poco se va llenando de pedruscos hasta que, por su propio peso, acaba por romperse. O no metemos piedras, o las vamos sacando poco a poco. Es un ejemplo bastante tonto, pero me explico tan mal que creo que sin él no habría expresado de mejor forma qué quería decir.

Mejor fuera que dentro, gente.”

-@NarumyNatsue

 

Una de mis manías cuando tengo ansiedad es morderme los labios (obviamente no me doy cuenta de que lo estoy haciendo hasta que están totalmente magullados) también suelo arañarme brazos o piernas, pero esto último sucede muy rara vez…

La verdad es que no tengo consejos para dar a nadie porque cuando me ocurre eso simplemente paro cuando me calmo un poco. Aunque bueno, lo que le podría recomendar a la gente es que cuando tenga ganas de llorar lo haga, como si se tira 3 horas haciéndolo y salir a correr… Correr me da la vida con este problema, te quedas genial después”

-Anónimo

 

Llevo arrancándome los cejas, pestañas, piernas, e incluso del pubis desde hace tres años. El primer año que lo hice fue el que más se notó, y tengo fotos de todas las épocas pero creo que algunas de esa se llega a notar más. Los que más me arranco son los de las pestañas y cejas, y los que más se notan. También, y esto es un síntoma de algunas personas que sufren de esta enfermedad, me como algunos pelos de algunas partes.  

Me arranco mucho más en época de exámenes, cuando leo, veo películas, o simplemente no me muevo. La mayoría de veces me doy cuenta de que lo hago pero me es casi imposible parar. Mi madre se ha negado a admitir que era una enfermedad hasta hace un par de semanas, y por fin la semana que viene iré al médico. Una de las peores cosas es el miedo al qué dirán si se dan cuenta. Yo tengo flequillo para taparlo, pero no siempre funciona. No mucha gente sabe de la existencia de esta enfermedad, y algunos de los comentarios que me han dicho al verlas han sido ‘¿tienes cáncer?’ o ‘te ha salido mal lo de depilarte las cejas’.

Lo más importante es hacer que se sepa lo que es, que no son los únicos. Eso creo que ayuda mucho”.

-@otradesconocid1

 

No sé si se podrá englobar dentro de la ansiedad, pero por mi forma de ser, estoy siempre estresado y preocupado, y más si junto con los estudios (que ya de por sí, generan muchos problemas y ajustes de horarios), también está la presión extra ejercida por padres/familiares/profesores. Esto, junto con mis problemas para expresar cómo estoy realmente, que vienen dados por ciertos sucesos (bullying) que me ocurrieron hace unos años, hacen que guarde todo dentro de mí, y cuando no puedo más, exploto y no puedo concentrarme ni hacer absolutamente nada, porque mi pensamiento se desvía a otras cosas, o empiezo a tener ideas muy pesimistas sobre mí mismo. Intento solventarlo dando paseos solo, o yendo a mirar el cielo, es lo único que me tranquiliza realmente, ya que no estoy cómodo rodeado de gente, incluso si son conocidos. 

Tiene efectos bastante malos. A mí se me agrietan los labios y se me seca la piel cuando me pasa, y soy hipotenso, así que imagínate tú que gracia si además del ataque, me mareo por la tensión baja.

Si les cuesta expresarse, que a la persona en la que más confíen, no hace falta que le cuenten todos sus problemas, pero explicar por qué estás así, aunque sea por encima, ayuda a quitar un peso de encima.

Mi ansiedad comenzó en primero de eso (actualmente voy a pasar a segundo de bachillerato) cuando los “inserte nombre despectivo” de mi clase empezaron a mofarse de mi etc, es muy largo de explicar. Y si no cumplía ciertas cosas que me auto-imponía, me sentía mal al llegar a casa, y era muy dificil cumplirlas entre risas y que el profesor pasase de ti, actualmente sólo me pasa cuando es un momento muy crítico, es decir, cuando acumulo muchas cosas y no sé qué hacer con ellas, y bueno, es un sentimiento extraño, como de desasosiego conmigo mismo, de desilusión. Pero siempre intento aferrarme a algo que me haya salido bien para no dejarme llevar por la corriente.”

-Anónimo

 

“Desde niña, no recuerdo ni cómo, se me educó para ser siempre niña que sacaba sólo las mejores calificaciones, que no olvidaba nada, que a todos complacía, etc. Si cometía algún error, si sacaba 8/10, si olvidaba algo, me gritaban/ignoraban, entonces siempre, desde ese momento, estoy acostumbrada a que si olvido algo o no me va tan bien en una materia, me van a gritar y no puedo dejar de pensar en eso hasta el punto de llorar y estar temblando, aunque a estas alturas ya mis padres no lo hacen y me comprenden más que antes, pero me cuesta mucho trabajo ¿entender? Que ya no me tratarán de la misma manera. 

Y cuando alguien me levanta la voz, aunque a veces sea en broma, no puedo evitar asustarme demasiado o incluso hasta querer llorar.

Por otra parte, desde hace unos cuatro años –aproximadamente-, en la secundaria me molestaban por mi físico, aparte de por pensar en otras cosas a veces olvidaba tareas y demás, entonces no podía evitar rascarme y rascarme al pensar que me iban a gritar, incluso hasta provocarme daño en la piel sin siquiera darme cuenta.

Cuando me rasco, concentro mi mente más en eso que en el problema que me tiene preocupada, así que mentalmente se me pasa un poco, y en ese momento no me duele, pero después…

Realmente, el consejo que me funcionó fue hablar con alguien de gran confianza, pero a veces simplemente no es tan fácil, eso lo sé. Entonces, cuando tenía esas situaciones, si se tiene mascota, jugar con ella y tratar de despejarse es algo muy eficaz.”

-Anónimo

 

Mi aportación a esto fue escrita en el post sobre la ansiedad, pero por no hacerte volver a mirarlo lo escribiré aquí de nuevo: 

“Cuando me pongo muy nerviosa siento que necesito calmarme de alguna manera. No soy muy de dar gritos al enfadarme. Ni de mostrar enfado en general. Cuando algo me supera, de repente comienza a arderme la frente, concretamente la zona de las cejas, seguido de cierto picazón que necesito aliviar. Es entonces cuando empiezo a rascarme, pero eso no es suficiente.

Al cabo de un tiempo acabo dándome cuenta de que he estado arrancándome pelo, el cual siempre me encuentro entre los dedos. Se ha convertido en algo parecido a una distracción a la que no le prestas importancia, como quien mueve rápidamente una pierna como signo de impaciencia o se muerde el labio inferior.

Y el momento en el que eso ocurre es el peor, porque sabes que has “vuelto a caer” en esa costumbre.

Se te junta con la ansiedad que tenías antes y podéis imaginar lo mal que puede hacerte sentir.

Durante un tiempo fui capaz de controlar esa necesidad, pero era más bien con una mera sustitución: unas veces comía de más, otras comía de menos, atacando a otras partes del cuerpo que no fueran las cejas hasta formar heridas.

Desde hace unos años he vuelto a esta desagradable costumbre hasta el punto que ya presento zonas de las cejas sin pelo. Y es justo eso lo que intento cubrir, tanto con flequillo como con el resto del pelo.

Conozco la causa de este problema, sin embargo no es algo que pueda arreglar yo sola, pues es debido a años y años de ansiedad reprimida, de nervios. Es como si mi cuerpo se moviera solo para hacerse daño, como un aviso de que necesito sacar todo lo que tengo dentro.

Por eso siempre le doy tanta importancia a los problemas de ansiedad. La frase “si algo te molesta, dilo” no es una carente de sentido. Forzar tus emociones, hacer creer a los demás que estás bien, te acaba dañando más que si sueltas todo poco a poco, según lo sientes. Al igual que está genial sentirnos bien con ganas de gritar a los cuatro vientos lo felices que nos encontramos en un determinado momento, no hay ningún problema en decir cuándo algo nos preocupa o nos entristece.”

@Vivirin_

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“… no hay ningún problema en decir cuándo algo nos preocupa o nos entristece”

 

En conclusión a todas estas experiencias, puedo decir que la ansiedad es un problema común, pero no por eso menos grave o importante. Precisamente el hecho de que cada vez sea más común es una de las cosas que más miedo da, aunque lo bueno que podemos sacar de todo ello es que poco a poco hay más información.

Uno de los mejores consejos para quienes tienen un trastorno de ansiedad es contar el problema. No temas por lo que piensen de ti (nadie tiene ningún derecho a pensar nada malo por algo como esto). Sé “egoísta”. El que te debe preocupar en esos momentos eres tú mismo, así que haz lo que veas que te va a resultar positivo. Habla con tus amigos y con tus familiares sobre ello, publícalo en alguna parte (como si es en un mero papel).

Tu método de escape puede ser la solución, la forma de terminar con ello de una vez.

Ansiedad entre lluvia

Desde ayer está lloviendo a cántaros. Sé que a mucha gente eso le desagrada, sin embargo a mí me calma. Puede que sea incómodo cargar con un paraguas junto con el resto de cosas que ya lleves encima, pero respirar el aire húmedo, limpio, cuando está lloviendo es una sensación que me transmite tranquilidad. A veces incluso me apetece dejar a un lado el paraguas, pues de alguna forma, cuando las gotas chocan contra ti – con tu permiso- tiene un toque de calidez a pesar de que el agua esté fría.

Da un poco de vida, me revitaliza.

Quizá el único problema que habría en eso es el peso de tu cuerpo congelado después. ¿Alguna vez habéis hecho algo así?

Es liberador, desde luego. Muchas veces es necesario hacer algo así, algo que el resto de personas suele limitarse y negarse a ellos mismos.

Y es que hay tantas cosas comunes que están mal vistas que parece que tenemos un manual de instrucciones a seguir que si incumplimos somos considerados como personas rotas o “diferentes”.

En esta clase de cosas, por supuesto, el aspecto es algo que influye muchísimo, ya que esta sociedad en la que vivimos enseguida juzga por lo que ve a primera vista y nada más. ¿Sabéis lo difícil que es cambiar la opinión grabada con fuego de una persona?

Desde luego que no es imposible, pero sí muy difícil. Tanto que a veces sentimos que no merece la pena esforzarse en ello. Hay quien, entonces, se echa atrás cuando se encuentra con esa persona, mientras que luego están aquellos que siguen adelante ignorando esa –probablemente despectiva- opinión. Y es esta última opción la que considero correcta, pues no deberíamos vivir a expensas de los demás y menos sobre costumbres nuestras o temas personales siempre y cuando no sea algo perjudicial para nosotros mismos o para los demás.

Respecto a esto, creo que hay una tercera opción que me parece que sigo, y es esconder el problema para intentar evitarlo.

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“Soy la primera que llorará ante las situaciones complicadas”

Soy la primera que llorará ante las situaciones complicadas –que desgraciadamente suelen ocurrir en público- y ya es algo que no intento evitar, ya que llorar es algo totalmente natural y muchas veces necesario. Contener los sentimientos nunca es bueno, así que considero que esa parte la tengo bien cubierta, pero tengo muchos errores con otra, con la ansiedad. Y es que no sé cómo siempre acabo acumulando nervios y estrés, a veces por un detalle mínimo, otras por algo más serio. Me acaba desgastando hasta el punto de no poder más y estallar. Es entonces cuando empieza mi verdadero problema.

¿Alguna vez habéis oído hablar de la tricotilomanía?

Se trata de, digamos una manía relacionada con la ansiedad que consiste en arrancarse el pelo de alguna parte del cuerpo. Lo más común es cuando la gente se arranca el pelo de la cabeza, pero también hay casos en los que lo hacen con el pelo de las pestañas o las cejas. Mi caso es este último.

Y probablemente pensaréis: “pues no te lo arranques y ya”. Bueno, si fuera algo tan fácil creo que nadie lo haría, ya que no es algo que haga por placer, aunque de alguna forma sienta alivio al hacerlo. Seguramente si os pica alguna parte del cuerpo, vuestro primer impulso es rascaros, ¿verdad? Pues esto es algo similar, más o menos.

No sé si en todos los casos ocurre lo mismo, pero puedo explicar perfectamente el mío:

Cuando me pongo muy nerviosa siento que necesito calmarme de alguna manera. No soy muy de dar gritos al enfadarme. Ni de mostrar enfado en general. Cuando algo me supera, de repente comienza a arderme la frente, concretamente la zona de las cejas, seguido de cierto picazón que necesito aliviar. Es entonces cuando empiezo a rascarme, pero eso no es suficiente.

Al cabo de un tiempo acabo dándome cuenta de que he estado arrancándome pelo, el cual siempre me encuentro entre los dedos. Se ha convertido en algo parecido a una distracción a la que no le prestas importancia, como quien mueve rápidamente una pierna como signo de impaciencia o se muerde el labio inferior.

Y el momento en el que eso ocurre es el peor, porque sabes que has “vuelto a caer” en esa costumbre.

Se te junta con la ansiedad que tenías antes y podéis imaginar lo mal que puede hacerte sentir.

Durante un tiempo fui capaz de controlar esa necesidad, pero era más bien con una mera sustitución: unas veces comía de más, otras comía de menos, atacando a otras partes del cuerpo que no fueran las cejas hasta formar heridas.

Desde hace unos años he vuelto a esta desagradable costumbre hasta el punto que ya presento zonas de las cejas sin pelo. Y es justo eso lo que intento cubrir, tanto con flequillo como con el resto del pelo.

Conozco la causa de este problema, sin embargo no es algo que pueda arreglar yo sola, pues es debido a años y años de ansiedad reprimida, de nervios. Es como si mi cuerpo se moviera solo para hacerse daño, como un aviso de que necesito sacar todo lo que tengo dentro.

Por eso siempre le doy tanta importancia a los problemas de ansiedad. La frase “si algo te molesta, dilo” no es una carente de sentido. Forzar tus emociones, hacer creer a los demás que estás bien, te acaba dañando más que si sueltas todo poco a poco, según lo sientes. Al igual que está genial sentirnos bien con ganas de gritar a los cuatro vientos lo felices que nos encontramos en un determinado momento, no hay ningún problema en decir cuándo algo nos preocupa o nos entristece.

Las emociones nos convierten en seres vivos, no en humanos. Una persona que no siente, en mi opinión, no está viva, o al menos no le encuentro razón para que se sienta así.

Sólo después de haber estado mal en algún momento podemos saber que nos estamos sintiendo bien en otro y viceversa.

Si te sientes feliz, ríe.

Si te sientes triste, llora.

Lo importante, en el fondo, es sentirse vivo, así que espero que no os importe si, de vez en cuando, aparte mi paraguas cuando esté lloviendo.

Pensamientos en pijama

Después de siglos, por fin puedo decir que he pasado un día completo en pijama. Lo escribo porque estoy orgullosa de ello, ya que eso quiere decir que, al fin, he podido dedicar un día al descanso.

Y es que últimamente mi vida se basa en carrera, cursos y prácticas. No es saludable que algo ocupe tanto tiempo en el día a día de una persona. Llega un momento que el único momento en el que puedo descansar es cuando voy a dormir, y casi ni eso porque a la mañana siguiente me despierto muy temprano.

Aún así, no me arrepiento de que este año sea así, dado que, como dije anteriormente, no estoy viviendo en mi casa de siempre, sino en una isla con mi pareja y su familia. Desde luego, vale la pena tener días así porque, aunque sean complicados, son horas -momentos- en los que ya no estoy sola.

Por supuesto, con mi madre no me sentía sola, pero… No es lo mismo, ¿sabéis? Seguro que me entendéis bien.

A pesar de que a veces se me haga duro, esta rutina es una que me gusta. Siento que no paro quieta, con sus pros y sus contras. Y es que todo en la vida, dicen, tiene algo bueno y algo malo. Por supuesto, soy consciente de ambos casos.

Por ejemplo, mis contras en este caso es lo que estoy estudiando. No me gusta después de casi cuatro años en la carrera. Seguramente los problemas con mis compañeras de clase tienen mucho que ver en esta situación. Quizá, si hubiera empezado en esta isla la carrera todo habría sido diferente, ya que supongo que la logopedia no es algo horrible, pero el pasado es algo que desgraciadamente no se puede cambiar y, cómo no, tiene sus consecuencias.

Si sigo con esto, si voy a ser voluntaria cuando acabe las prácticas y si no lo he abandonado como he hecho con muchas cosas en mi vida, es porque siento que es lo que tengo que hacer. Es un no quiero, pero debo que hasta hace poco ignoraba por completo, pero si soy realista, en la vida necesito una carrera para tener un trabajo.

¿Quién sabe? Igual este esfuerzo que estoy haciendo sirve de algo y podré dedicarme a algo que me guste en algún momento de la vida. Algo que me satisfaga como persona, para lo que me sienta útil.

Por supuesto, no es que me sienta inútil en prácticas, por ejemplo. De hecho al contrario, creo que se me da bastante bien, pero eso no quita que lo aborrezca. Es un poco complicado de explicar, pero un resumen es ese. Como si un chef cocinara unas verduras increíbles pero le asqueara comerlas o si un profesor de primaria le gustara enseñar pero no soporte a los niños.

El problema es que tampoco me veo bien en ninguna otra cosa. Me encantaría ser escritora o artista, pero sobre todo escribir es algo que me encanta. Siento que puedo decir todo lo que no me sale frente a los demás. Un desahogo incluso en los buenos días.

Desde siempre me han dicho que estoy un poco en las nubes. Poco a poco me han ido acercando cada vez más al suelo. Siento como si fuera un globo atado a una cuerda que nunca sueltan. Debo ser realista y buscar algo que me guste de lo que pueda vivir, pero, ¿cómo podría ser yo una buena escritora o una buena dibujante? ¿Por qué debería estar hecha para ello si desde siempre me han intentado apartar de eso? Es algo bastante desagradable.

Soy bastante escéptica en eso.

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“Desde siempre me han dicho que estoy un poco en las nubes”

¿Sabéis qué? Ya en el colegio, por primaria, escribía o me inventaba historias que les contaba a mis compañeros. Sobre todo en secundaria, donde pude tener un ordenador para escribir y escribir, hice montones de historias y mis compañeras me pedían copias que les imprimía super contenta en casa. Nada me alegraba más que estar en mitad de la lección, apartar la mirada de la mesa y ver a mis compañeras con la mirada más abajo de su pupitre, quienes leían mis historias a escondidas. ¿Sabéis qué satisfacción sentí cuando vi eso? ¿Que no pudieran apartar sus ojos de mis palabras?

Es una sensación única. Sin embargo, pocas veces volví a sentir eso. Y es que antes todo era “una maravilla” y luego las respuestas de mis padres eran “¿Por esto te distraes de estudiar?” o “está bien”. Nunca sentí estar a la altura de lo que querían.

Así que durante años lo dejé. Porque la imagen de cómo me veía, cómo soñaba ser, se hizo trizas ante esa clase de comentarios. Supongo que como con otras cosas que dejé atrás. Por eso, probablemente, sea como soy ahora. No me siento orgullosa. Ni de eso ni de prácticamente nada. Porque lo que consigo es algo que no quiero y lo que quiero es algo que no puedo conseguir. Me parece injusto.

Y por eso ahora mismo estoy haciendo lo que debo hacer. Porque quiero conseguir un trabajo y una vida estable, quizá al principio aburrido, para no preocuparme de ese tipo de cosas y poder centrarme en lo que verdaderamente me gusta.

Solo espero que ese momento llegue pronto.

Mientras tanto, intentaré tener más días como hoy. Días en los que pueda relajarme y dedicarlos únicamente en mí, en los que mi única preocupación sea “¿qué escribo hoy?”“¿qué serie veo hoy?”.

Días en los que no estoy sola y visto mi pijama.

Brillo estelar

¿Sabéis qué? Creo que el título del blog concuerda perfectamente con lo que quiero escribir. Y es que yo no me considero una de esas estrellas de las que voy a hablar. Soy más su observadora.

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“Soy más su observadora”

Me gusta mirarlas, siempre tan brillantes aunque a veces están tapadas por las nubes. Estoy rodeada de ellas, aunque hay algunas que relucen más que otras y por eso mismo, estas últimas son mis favoritas. ¿Por qué? No solo porque brillan como ninguna otra, como sólo ellas saben. También es porque luz me ilumina. Me hacen sentir como un pequeño astro que quiere girar a su alrededor para brindarles compañía, aunque tampoco es que estén solas.

Tampoco me veo a mí misma como alguien que solo está ahí para no estar sola, pero admito que alguna que otra vez envidio cómo todas ellas brillan de esa manera. Me maravillan y no puedo decir que me moleste eso. Sí que me entristece, pero, ¡eh! Gracias a ellas tengo un objetivo que conseguir.

¿Quién sabe? ¿Cuántos han sido los astros que un día han comenzado a emitir luz propia? Probablemente fuera porque dentro de ellos ya había algo que quería ser mostrado. O que en realidad eran estrellas que nadie ha visto antes. O no las han sabido ver con buenos ojos…

Me pregunto si es necesario ser una estrella de vocación para poder convertirte en una.

¿Qué nos hace especiales a quienes no brillamos de esa manera? ¿Estamos ahí solamente para que esas luces no se apaguen? No parece justo.

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“¿Qué nos hace especiales a quienes no brillamos…?”

Por nosotros mismos, el universo sería una mancha oscura, incapaces de formar vida. Quizá existirían seres que se adaptarían a la oscuridad –y al frío – y nos convertiríamos en entes helados. ¿Sería similar a vivir en una absoluta ceguera? Da miedo solamente pensar en ello.

Sin las estrellas que nos hablan, que nos muestran la belleza, que nos dan calor y seguridad, siento que todo estaría sumido en silencio.

Si no, pensad en todas esas historias en las que la oscuridad conlleva pena, tristeza y miedo. La luz siempre está asociada a la alegría, confianza, vida.

Todo ello me entristece y me parece cruel. No dejamos de ser cuerpos que bailan alrededor de seres en los que queremos convertirnos. Es un poco masoquista este tipo de vida, sin embargo, es lo que nos queda, porque sin nosotros las estrellas se cegarían las unas a las otras.

En cierta manera somos tan indispensables como ellas, pero de una forma diferente. Al fin y al cabo, ellas marcan el centro de su galaxia y con ello, el centro de nuestro universo.

Mi universo: presentación

No sé muy bien cómo podría empezar esta página. Mi intención era convertirla en una especie de diario, de manera que cuando no se me ocurriera cómo continuar la historia con la que estoy, al menos escribir algo sobre mi vida o sobre mí para no disminuir mi ritmo de escritura, pero en realidad no quiero contar nada que pueda aburrir a nadie, del estilo de “hoy he hecho estos ejercicios en clase y blablabla”.

Quiero que cualquiera que lea esto sienta que me conoce, dado que, al menos cuando me pasa eso con otra persona, me alegra muchísimo. Me hace pensar que conozco el mundo en el que viven los demás y que de alguna manera puedo formar parte de él aunque sea escuchando (o leyéndole en este caso).

Tengo una breve descripción sobre mis datos básicos -edad, nombre y demás- en esta página. Lo escribí hace un tiempo, sin embargo he cambiado muy poco desde entonces. Aun así debo estar bien atenta a modificarlo cuando sea necesario, pero dudo que -al menos mis gustos- vayan a cambiar mucho más. Si eso añadir más que vaya descubriendo.

Y es que aunque en el día a día no parezca darme cuenta, realmente ocurren tantas cosas rutinarias que quizá ya no las considero especiales. Quién sabe, igual en un futuro leo esto de nuevo y me echo a llorar por tener lo que “tenía”. O puede que tampoco tenga importancia para entonces.

De cualquier forma, si algo de lo que escriba aquí me hace feliz igual os hace sentir así a vosotros también, por lo que no tengo ninguna razón para no compartirlo, sino al contrario.

Por ejemplo, algo que no sale en la descripción que mencioné antes es que este año estoy viviendo en una isla muy curiosa de la que antes apenas sabía nada –como mucho, por su fama de grandes hoteles- para terminar mis estudios. Hablaré sobre ellos más adelante, ya que dan para mucho que hablar. Supongo que como pasa con todo el mundo que estudia o trabaja, vemos sus pros y sus contras. No hay nada malo en ello, ¿cierto?

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“… estoy viviendo en una isla muy curiosa de la que antes apenas sabía nada”

Cada vez estoy más decidida a escribir un libro. Concretamente el de Prognosis: pain. Le he cogido tanto cariño a los personajes que ya forman parte de mis pensamientos diarios. “¿qué haré con ellos aquí?” “Si estuvieran en una situación similar a x, ¿qué cara pondrían?”. Es divertido a la vez que estresante, pues no siempre tengo tiempo para escribir aunque quiera hacerlo. Así que todo lo que pienso me acompaña en mi día a día, por lo que puedo decir de alguna manera que mis personajes viven conmigo.

Crear historias, personajes y nuevas ambientaciones me fascina por completo. Cuando se te ocurre una idea se siente de forma similar a como si encontraras una galaxia por descubrir en el universo. Claro que nunca he estado en esa situación, pero para que os lo imaginéis. En un principio solo lo ves como algo brillante, increíble, que te encanta. Pero no te sirve solo con eso. Quieres saber más y más, hasta el punto de unir puntos –como constelaciones- hasta que das con la forma que igual no te esperabas, pero ahí la tienes, solo para ti.

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“… mostraros mis constelaciones, mi universo”

Al fin y al cabo, la imaginación abre tantas puertas que cuando nos encontramos una cerrada, simplemente creamos otra.

No me arrepiento en absoluto por soñar e imaginar como lo hago. Hay gente que me ha dicho que creer eso me hace ver como un poco tonta.

Y la verdad es que me da igual.

Sé las cosas que tengo que saber y estoy abierta a aprender nuevos conocimientos. De hecho me encanta hacerlo, pero si para ello tengo que vivir o pensar como los demás quieren, creo que no vale la pena.

Con esto, quiero mostraros mis constelaciones, mi universo, que es más grande de lo que parece –ni yo misma he llegado a descubrir ni una ínfima parte de él.

Pero si supiera absolutamente todo sobre mí o sobre mi alrededor, ¿qué sentido tendría avanzar más?